La concepción de belleza en el arte y en la moda. Parte I

11 May

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El concepto de belleza está íntimamente ligado al arte y, por supuesto, a la moda desde sus orígenes. Pero, ¿qué es la belleza en el arte y qué en la moda? Acaso, ¿buscan representar ambas disciplinas la misma belleza? ¿Qué tipo de belleza? ¿Se puede considerar lo bello de la naturaleza igual a lo bello del cuerpo; la belleza de un cuadro, una escultura, con la belleza de un vestido o de una modelo? Resulta necesario poder definir el concepto de belleza. Para Herbert Read, esta concepción -que resulta de una limitada significación histórica- nace en la antigua Grecia, fruto de una especial filosofía de vida, “de esencia antropomórfica” que “exaltaba todos los valores humanos y veía en los dioses solo hombres magníficos. El arte, como la religión, era una idealización de la naturaleza, y en especial del hombre como culminación del proceso de la naturaleza”.

Además, hace hincapié en la confusión, en general, de que lo bello es arte o de que todo arte es bello, suponiendo que la fealdad es “la negación del arte”. Y llega a la conclusión de que el arte ha sido, y es con frecuencia, algo sin belleza. Se puede afirmar que el concepto de belleza se modifica de una época a la otra, de una cultura a la otra; por ello, Read considera “el sentido de lo bello como un fenómeno variable, con manifestaciones inciertas, y a menudo engañosas, en el curso de la historia”.

El romanticismo, por ejemplo, fue un movimiento artístico que rompió con el canon clásico y, por ende, modificó la noción de lo bello: “La belleza deja de ser una forma y se vuelve bello lo informe, lo caótico”, explica Umberto Eco, por lo que habla del concepto de belleza romántica. Para el hombre romántico hasta la muerte le resultaba fascinante e incluso bella; algunos, como Novalis, no buscaban una belleza estética y armónica, sino dinámica, puesto que “lo bello puede surgir de lo feo”. También la aparición de las vanguardias supuso una enorme transformación en la concepción de belleza en el mundo del arte. Este, que durante siglos consideró que una obra maestra lo era si representaba lo bello del mundo (la naturaleza, una de las protagonistas), con la irrupción de estos movimientos artísticos dejó de plantearse el problema de la belleza, debido a que se sobreentendía que las nuevas imágenes eran “artísticamente bellas”, porque:

La provocación vanguardista viola todos los cánones estéticos respetados hasta ese momento. El arte ya no se propone proporcionar una imagen de la belleza natural (…) lo que pretende es enseñar e interpretar el mundo con una mirada distinta, a disfrutar del retorno a los modelos arcaicos o exóticos: el mundo del sueño o de las fantasías de los enfermos mentales, las visiones inducidas por drogas, el redescubrimiento de la materia… (Eco, 2005).

Por el lado de la moda, esta basaba su belleza -durante el siglo XIX y comienzos del XX- en la vestimenta, las joyas, la calidad de las telas o tejidos. Ya en el siglo XX, sobre todo en el período de entreguerras, comenzó a tener en cuenta la belleza del cuerpo femenino. Claro que siguió imperando la preciosidad de la vestimenta –desde el material con la que está realizada hasta las nuevas formas que ha ido adoptado a través de los años- y de los accesorios, como zapatos, carteras y joyas; pero, siendo primordial el cuerpo que porta todo ese bagaje fashion. Desde los comienzos, las modelos fueron delgadas, un requisito que prevaleció; pero, a partir de la segunda mitad del siglo XX, comenzó una tendencia, aún vigente, de la modelo híper delgada: sin curvas, prácticamente sin formas, que sea portadora de un cuerpo de una chica de 14-15 años. Uno de los factores sociales y culturales que provocó esta tendencia de ponderar el cuerpo femenino, fue el auge de los deportes.

La práctica del golf, del tenis, de la bicicleta, de los baños de mar, del alpinismo, entre otros, logró que se modificara la ropa femenina: el golf generó la creación del cárdigan, el andar en bicicleta posibilitó la aparición del short (hacia 1934), los baños de mar impulsaron los bañadores sin mangas a comienzos de siglo y hacia 1920 los bañadores de una sola pierna con las piernas y los brazos al aire; ya en los años treinta, la aparición del bañador de dos piezas, por lo que la espalda queda a la vista y a fines de los años cuarenta surge el biquini. Es así que, muy de a poco, mostrar las piernas, los brazos, la espalda se volvió legítimo y, de esta forma, se creó un nuevo ideal estético de femineidad, sostiene Gilles Lipovetsky, para quien “el deporte dignificó el cuerpo natural, permitió mostrarlo tal como es, desembarazado de las armaduras y trampas excesivas del vestir”. Con los años, sobre todo a partir de la década del ochenta del siglo pasado, se empieza a sugerir un cuidado y culto del cuerpo.

Entonces, la belleza comienza a considerarse no solo en función de los vestidos sino también en función del mismo cuerpo: no alcanza con tener la ropa de diseñador, además hay que portar un “buen cuerpo”. Este concepto de “buen cuerpo”, a nivel social, también ha ido variando de década en década (desde cuerpos curvilíneos, deportivos, hasta anoréxicos, etc.), pero siempre reinando, en la manifestación de la moda, el cuerpo delgado.

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