Frida Kahlo: dos exposiciones muestran su estilo fashionista

29 Jun

Desde mediados de mayo hasta el 12 de julio, la galería londinense Michael Hoppen expone fotografías de la artista japonesa Ishiuchi Miyako, en las que son protagonistas objetos fashion de la mexicana más famosa. Además, desde 2012 y hasta 2018, está la muestra Las apariencias engañan: Los vestidos de Frida Kahlo. Accesorios y prendas que conformaron uno de los estilos más inspiradores para el mundo de la moda.

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Drama, dolor, esperanza, amor, sufrimiento y un largo etcétera de sinónimos, son algunos de los ingredientes en la vida y obra de Frida Kahlo. Una producción artística como consecuencia de sus interminables infiernos sufridos. Una obra pictórica que pone de relieve los vaivenes de su existencia. Una pintura netamente íntima, personal, propia de Frida. Aunque André Breton consideró a la producción de esta artista de surrealista, enseguida ella afirmó: “Yo no pinto sueños… pinto mi realidad”.

Fuente de inspiración inconmensurable, Kahlo es una artista mexicana convertida en un mito. Un mito que ella misma forjó con su arte, pero también con su estilo vestimentario. Un estilo que supo calar en el mundo de la moda como una flecha de Cupido en el corazón de un enamorado; por ejemplo, Jean Paul Gaultier y Ricardo Tisci (para Givenchy) plasmaron en sus colecciones el estilo de la artista. El fashion group la tomó como icono de mujer fuerte, por su impronta rebelde, su personalidad libre y su forma de vestir tan peculiar, tan propia de la cultura mexicana a la quiso reivindicar: la identidad del nacionalismo revolucionario (basado en el folclore precolombino y el periodo colonial).

Es así que dos muestras ponen de relieve la importancia que tuvo la moda en la vida de la artista mexicana. Por un lado, se encuentra, desde noviembre de 2012 y hasta 2018, la exposición Las apariencias engañan: los vestidos de Frida Kahlo; la cual puede ser visitada en el museo de Frida Kahlo, en México. Se trata de una serie de vestidos que fueron descubiertos en 2004 en el baño de la casa de la artista.

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Por otro lado, se expone una serie de fotografías, de la artista japonesa Ishiuchi Miyako, en la galería de Londres Michael Hoppen (desde el 14 de mayo hasta el 12 de julio) donde son protagonistas prendas y accesorios de Frida. Tomadas con luz natural, estos objetos que en Frida conformaban un estilo bello, aparecen en primer plano, tal y como se encuentran en la actualidad: añejos, pero vivos. Las fotos muestran su esencia, sin más.

El dueño de la galería donde se realiza la exposición, Michael Hoppen, asegura:

“Ishiuchi ha amplificado de manera bellísima la vida de Frida Kahlo, ofreciéndonos una visión privilegiada de su segunda piel, es decir sus posesiones (…) Mediante estas imágenes vemos lo que Frida vio cada día y cómo estaba decidida a convertirse en una mujer extraordinaria a pesar de la gran carga médica que tuvo que soportar a lo largo de su vida”.

Se trata, en definitiva, de una forma más de consolidar que la moda, lejos de la superficialidad que más de una vez se le otorga, ayuda a ser a la mujer (y al hombre), dándole identidad y personalidad. Los ropajes, como objetos de comunicación, dicen quienes somos, le dan al mundo una pizca de nuestra forma de ser. Y eso Frida Kahlo lo supo bien. Ella logró con su vestir dar una luz de esperanza, a pesar de su sufrimiento. En su manera de vestir buscó un sustituto al dolor. Forjó su propia ficción de mujer fuerte, vivaz, libre, pero que en su alma (traspasada al arte) llevaba un profundo padecimiento: tanto físico como emocional.

Nació en 1907 y a los seis años de edad tuvo poliomielitis; en 1925, rozó los dedos de la muerte cuando viajaba en un camión que chocó contra un tranvía. Se le fracturó la columna vertebral y la pelvis. Ese accidente le provocó numerosas operaciones futuras y una salud al borde del abismo.

Estuvo varios meses convaleciente y, después de aburrirse como una ostra, empezó a pintar con las acuarelas de su padre. Primero su corsé y unos pequeños lienzos, luego cuadros. Incluso, colocó un espejo en el techo del lugar donde permaneció recostada gran tiempo y empezó a hacer autorretratos. Ella misma fue su musa; como afirmó la artista: “Me retrato a mí misma porque paso mucho tiempo sola y porque soy el motivo que mejor conozco”. Tras dos años, recuperó gran parte de su movilidad; no obstante, desde entonces, el dolor corporal y del alma la acompañó hasta el fin de sus días.

Logró exponer su alma, su cuerpo y sus pensamientos con gran claridad. Refregó su sinceridad sin miedo y así se desnudó para el arte, al que le volcó todo su infierno. Y con su estilo –alegre, único, colorido- manifestó la parte más linda de la vida: aquella en la que, más allá de los que nos pase, reluce lo más valioso.

Desde 1954, tiene su propio museo: La Casa Azul, ubicado en  Coyoacán, Ciudad de México. Se trata del lugar, construido por sus padres (en 1904), donde nació y pasó gran parte de su vida. Una vez muerta Frida, Diego Rivera la donó. En ella habitan sus objetos y sus prendas más preciadas; y, seguramente, su alma ronda para cuidar sus tesoros.

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