Chau poliéster, nota publicada en la web de Fashion Market

17 Nov
De las fibras sintéticas, que ya dominan el mercado textil, representa el 70%. Propulsada por el fast fashion, con grandes tiendas como Zara, Primark, Forever 21, H&M a la cabeza, esta fibra está en gran parte de la ropa que usamos. La sobreproducción de vestimenta hace que esta termine en basureros o quemada. Además, es un material que no deja respirar a la piel y no es biodegradable. ¿Es posible dejar de usar poliéster?

Para 2013, las fibras sintéticas ya dominaban el mercado textil (frente a las naturales como algodón y lana); el 70%, conformado por el poliéster. El principal componente empleado en su fabricación es el etileno, que deriva del petróleo; a través de un proceso químico –llamado de polimerización- se obtiene la fibra. A su vez, se puede crear con botellas de plástico de PET (hay casos de recuperación de botellas de ríos y mares, en la que ayudan grupos de pescadores). Los mayores productores de poliéster en el mundo son India y China; y de ahí se expande al globo: se estima que cerca del 60% de las prendas lo contiene.

Las cuestiones a favor de esta fibra sintética son: más barata (más que el algodón, de las fibras naturales más requeridas en la industria, incluso cuando su precio llegó a precios mínimos), disponibilidad durante todo el año (no está supeditada a problemas climatológicos como sí lo está el algodón) y en grandes cantidades. Además, es una tela liviana (lo cual ayuda para su transporte; se contemplan más cantidades), no se arruga, tiene una excelente recuperación elástica (no se encoge ni se estira), fácil de lavar, mantiene sus colores, se puede teñir fácilmente, y es resistente a hongos y polillas.

Por último, se la puede mezclar con otros tejidos –como algodón o nylon-, por lo que sirve para fabricar gran variedad de prendas. Lo que se logra con esta mixtura de fibras es tener las cualidades de cada material por separado; por ejemplo, al sumarle algodón, logra que sea transpirable en un 50% (el poliéster no deja respirar la piel). Sin embargo, la mezcla de tejidos no deja que la ropa se pueda reciclar –no existe tecnología que logre separar las materias-, por lo que se transforma en un residuo perenne. Otras cualidades negativas del poliéster es que posee baja absorción de la humedad, lo que provoca cargas electroestáticas.

Propiciado por la moda rápida, ya que además es fácil de producir y procesar, el poliéster se convirtió en una especie de epidemia. Por ello, las tiendas reinantes -como Zara, Primark, Forever 21 y H&M- pueden hacer cambios vertiginosos de sus colecciones. Sin embargo, esto produjo una superproducción; exceso que, por supuesto, perjudica al medio ambiente. Según datos de Greenpeace, para 2014 se produjeron más de cien mil millones de prendas nuevas (equivalente a once artículos por año por cada habitante del planeta); además, durante los primeros quince años del nuevo milenio se duplicó la venta de ropa. Por ejemplo, señala esta ONG en su estudio “Puntadas tóxicas: el oscuro secreto de la moda”: en Alemania se vendieron, en 2011, casi seis mil millones de prendas: el equivalente a 70 prendas por persona, en solo un año. ¡Una locura!

Como consecuencia se genera la “desechabilidad”, la cual se potencia por dos cuestiones: por un lado, la mala calidad de las prendas; por otro, por la innovación constante de la moda -en gran parte, fomentado por las estrellas del espectáculo- que no “permite” utilizar la misma prenda muchas veces. Así fue que el cambio de guardarropa para el común de la gente se volvió habitual y cada vez más veloz. ¿Qué es lo malo de todo esto? La mayoría de la ropa desechada llega a los basurales o se incinera. En Alemania y en Reino Unido, se tira cada año un millón de toneladas de ropa; Estados Unidos, por ejemplo, en 2010, tuvo 5,3 % de residuos municipales (debido a los trece millones de toneladas de vestimenta generadas).

Sin embargo, el impacto medioambiental comienza en los procesos de fabricación: en las enormes cantidades de agua, sustancias químicas y derivados –como los tintes para teñir e imprimir- y, por supuesto, en el proceso de teñido y acabado. De los contaminantes empleados en la fabricación de ropa, algunos persisten en el entorno y se concentran en sedimentos y organismos; además de ser transportados a largas distancias. En el caso específico del poliéster, cuando se lava la ropa realizada con esta fibra sintética, se desprenden micropartículas (las cuales traspasan las plantas de depuración de agua y no son biodegradables, como todo plástico) que terminan en los acuíferos y, a través de los mares, en nuestra cadena alimentaria (se encontraron restos de poliéster en crustáceos y peces del Báltico y del mar del Norte). Considerando todo esto, lo cual cada vez más es de conocimiento público –además de existir un tipo de consumidor preocupado por cómo se hace su ropa-, la vida de la moda rápida parece tener larga duración. Incluso, algunas de ellas, como H&M, se han sumado a la propuesta ecológica; tiene su propia línea, Conscious -para la cual, por ejemplo, emplea algodón orgánico- y también recicla ropa -tanto de su marca como de otras- que devuelve a la industria como nueva.

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